jueves, 6 de diciembre de 2007

LOS SONIDOS DEL SILENCIO


Cuando uno está convalesciente y los huesos le resisten, lo mejor que puede hacer es distraerse y salir a deshumedecerse. Por eso fue que, el sábado último, cuando el Huije y Víctor (su marido chileno) llegaron al hogar para invitarme a una fiesta, acepté de inmediato. Y ya que estábamos, Anselmo se prendió a la partida con silla de ruedas incluída.

- Pero les advierto que se trata de una reunión muy particular... -advirtió el Huije.

- ¿Qué puede ser tan extraño, muchacho? A mi edad ya van quedando muy pocas cosas que me puedan sorprender.

Pero esta estaba entre esas pocas.

Se trataba de una fiesta de chicas y chicos sordos. Lo particular era que, además de sordos, eran homosexuales. ¡Así como lo leen! Chicas y chicos que se asociaron para trabajar en beneficio de sus derechos. ¿De qué se sorprende, Arturo? podrán decir ustedes. Y yo respondería: de nada. Pero resulta que mi mente estrecha jamás había tenido en cuenta que las personas sordas también tienen sexualidad. ¡Tan simple como eso!

- ¿Y cómo nos vamos a entender si ellos no nos escuchan? -preguntó Anselmo, adelantándose a mis pensamientos.

- Yo sé LSA -se apresuró a declarar Víctor.

- Ah, no! A mí no me vengan con estupefacientes -se quejó Anselmo.

- Ninguna droga, don Ansel. LSA significa Lenguaje de Señas Argentino.

- Además, no se preocupen -agregó el Huije- que ellos saben hacerse entender mejor de lo que nosotros somos capaces.

Todo bien, pero uno es un animal de costumbres y lo novedoso siempre acarrea dudas y temores. Está bien que los viejos ya tenemos el cuero duro y solemos bancarnos los malos ratos a fuerza de experiencia pero... ¿qué necesidad teníamos de ir a una fiesta en la que la íbamos a pasar peluda y nos íbamos a sentir incómodos? Miré a Anselmo y leí en sus ojos los mismos pensamientos.

- ¿Preferís que nos quedemos? -le pregunté.

No me respondió al instante. Se echó hacia atrás en la silla, miró atentamente el techo descascarado, lo meditó y tomó una decisión.

- ¿Va a haber morfi?

- Sí -le confirmó Víctor.

- ¡Entonces vamos!

Para Anselmo, cualquier excusa es válida si se trata de zafar (aunque fuera por una noche) de los brebajes y pastiches que en la cocina denominan "dieta balanceada".

Los muchachos nos ayudaron a vestirnos (Anselmo con sus archirrecontrausados pantalones de sarga gris y camisa blanca abrochada hasta el cuello, yo con mi blusa de seda colorada, pantalones de lino blanco y el pañuelo de gasa rosado al cuello) y en menos que canta un gallo ya estábamos subiendo al remise. Durante el viaje nos fuimos poniendo al tanto de otros detalles que no teníamos claros. Por ejemplo: si era una reunión de sordos, ¿qué pito tocábamos nosotros que (más o menos) tenemos nuestras facultades auditivas en regla?

- No, don Artu, -nos explicó el Huije- es una fiesta organizada por los sordos pero abierta a todos los que quieran participar. Uno de los objetivos de la asociación es promover la integración de sus miembros con la comunidad de oyentes.

- Además, -bromeó Víctor- si quiere tocar algún pito, recuerde que son tan putos como nosotros, jajajaja.

Era más que lógico y yo no lo había pensado de puro bruto que soy. Pero al menos pregunté y me saqué la duda. Anselmo, en cambio, estuvo callado todo el tiempo y se refregaba las manos contra las piernas como si quisiera (y/o pudiera) despertarlas para salir corriendo. ¿Se estaba arrepintiendo? Le pasé un brazo por los hombros y le susurré al oído.

- No te preocupes. De última, si nos aburrimos mucho, pedimos otro remise y nos volvemos.

- Después de comer -aclaró por si acaso.

Lo que pasa es que Anselmos siempre la fue de tipo mundano pero nunca fue muy salidor y es más tímido que un conejito.


Por suerte los chicos y chicas de la asociación resultaron un amor. Nos recibieron con algarabía y nos trataron como a reyes. Había como cincuenta personas y nosotros cuatro éramos los únicos oyentes (o al menos eso creímos hasta bien entrada la noche). Además, había gente de todas las edades, desde muchachitos veinteañeros hasta veteranos como nosotros, todos juntos y señándose unos a otros como si las barreras generacionales no existieran. Víctor y el Huije ya eran amigos de la asociación. Yo me ubiqué (por pura casualidad, no vayan a pensar otra cosa) junto a un chico muy bonito, llamado Diego, que me "adoptó" como su abuelo postizo (para gran envidia de la Felipa, si me está mmirando desde el más allá). Anselmo, tan preocupado que estaba, se mezcló entre un grupo de chicas lesbianas que, con el transcurso de la noche, le enseñaron algunas señas importantes: las puteadas básicas como era su interés. El viejo estaba en su salsa, rodeado de chicas jóvenes. ¡Se hacía el chongo el muy ladino! Yo, en cambio, opté por una actitud más contemplativa. Incluso mientras conversaba con Dieguito, fiel a mi costumbre, no dejaba de observar todo lo que sucedía a mi alrededor. Así fue como descubrí con alegría un mundo desconocido hasta entonces.

El desconocimiento es sinónimo de ignorancia. La ignorancia genera prejuicios y los prejuicios son el origen de toda discriminación.

Yo creía que las personas sordas no solo estaban incapacitadas para oir, sino también para hablar o emitir sonidos. Bruto de mí porque no es así en absoluto. Muy lejos de ser una reunión silenciosa, había muchso de los presentes que hablaban con bastante corrección. Dieguito leía mis labios y se expresaba con fluidez. Otros acompañaban sus señas con sonidos guturales que gaurdaban relación con lo que estaban diciendo y reforzaban la comprensión del oyente. No quiero decir que la comunicación fuera sencilla, pero tampoco imposible.

- ¿Cómo la está pasando, don Artu? -me preguntó el Huije cerca de la medianoche.

- Muy bien. -le respondí- Atravesando una vez más por la difícl experiencia de ser minoría.

El Huije sonrió.

- ¿Vio, don Artu? Acá los discapacitados somos nosotros.

- Sí, pero con la ventaja (y, al mismo tiempo, la responsabilidad) de poder capacitarnos.

- Tiene razón.

- Esta sensación de "otredad" es algo que pudimos evitar estudiando lenguaje de señas a su debido tiempo. Nosotros podemos optar por incluirnos en su mundo e incluirlos a ellos en el nuestro. Ellos no pueden dejar de ser sordos pero nosotros podemos aprender a prescindir de nuestro oído. Miralo, si no, a tu marido: él está perfectamente integrado y no se siente sapo de otro pozo.

Víctor iba de grupo en grupo y era un sordo más. No hacía alarde de su audición y era capaz de comunicarse con todos de forma natural. El lenguaje de señas debería ser una asignatura más en las escuelas, como lo es el inglés o la informática. Una herramienta que amplíe nuestras posibilidades de comunicación y que, simultáneamente, no excluya a un sector importante de nuestra propia gente. ¿O acaso me van a decir que es más factible toparse en las calles de Buenos Aires con un yanqui que no hable castellano antes que con un sordo? ¡Cuánto nos falta aprender como sociedad! Cuánto más sencillo sería para ellos superar tantos obstáculos si nosotros nos bajáramos del pedestal de oyentes y adaptáramos nuestro entorno también a sus necesidades. Porque (aunque parezca mentira) el mundo que hemos construido no solo es inhóspito para ciegos, discapacitados motrices o ancianos. También lo es para los sordos e hipoacúsicos. Hablando sobre el tema, Dieguito me contó una de sus tantas anécdotas.

Un día se había propuesto hacerse un examen de VIH y un amigo oyente le había recomendado una institución "amigable" (o sea que, si uno es gay, no hacen problemas). El hecho fue que llegó muy entusiasmado a la puerta del edificio y ¿con qué se encuentra? Con que la puerta estaba cerrada y tenía que utilizar ¡un portero eléctrico!!!!! Es obvio que su sordera no le permite saber si le hablan cuando la persona no está a la vista.

- ¿Y qué hiciste? -le pregunté casi con desesperación, tratando de ponerme en sus zapatos. Lo imaginé sumido en su silenciosa impotencia, con sus hermosísimos ojitos verdes (¡qué tendrá que ver el color de sus ojos!!! jijijiji) y me dieron ganas de abrazarlo y consolarlo... Pero el chico no es tonto y supo afrontar la adversidad de un modo bastante práctico, que a mí tal vez nunca se me hubiera ocurrido: envió un mensaje de texto a su amigo oyente para que llamara por teléfono a la institución y avisara que él estaba en la puerta. No fue sencillo. Tuvo que esperar un buen rato, pero finalmente bajaron a abrirle y todo terminó bien.

Estaba muy interesante la charla con Dieguito pero tuve que interrumpirla para poner en vereda a Anselmo, que ya estaba abusando del alcohol, de la comida y ¡de las chicas! Hasta el momento le había contado cuatro vasos de cerveza y otras tantas hamburguesas. Pero, más que nada, me incomodaba y preocupaba que le hiciera la "mano boba" a una de las jovencitas.

- Viejo atorrante. ¡Desvergonzado! Lo único que falta es que esta gente tan amable te eche por abusivo y sinvergüenza.

- Dejame vivir, Arturo. Hoy es día de parranda.

- Sí. De parranda... Y después gritá "Adiós mundo cruel" porque de acá vas directo a la terapia intensiva.

- ¡Y para qué voy a gritar si acá no me escucha nadie! -se burló el viejo sobrador.

- Ojo, don Ansel, -le advirtió Víctor- que los hipoacúsicos no son completamente sordos y, si tienen audífono, tienen un cierto grado de audición.

Otro dato que desconocíamos.

- Pero no me lo atormenten al amigo. que un vaso de cerveza no le hace mal a nadie.

El que hablaba era un señor, ya de nuestra edad, que había llegado, poco después que nosotros, muy tomado de la mano de otro caballero gordito y simpaticón. Como no dijo nada en el momento de las presentacíones, todos supusimos que él también era sordo.

- Déjeme que me presente. -dijo el hombre, muy ceremonioso y entonado por alguna que otra copita de vino- Mi nombre es Ceferino Puerta, para servirle.

Me apretó la mano hasta hacerme crugir los huesos y, de repente, lanzó una carcajada que me asustó.

- Qué sorpresa encontrar gente normal acá ¿no?

Víctor, Anselmo y yo nos miramos alarmados. Su simpatía inicial comenzaba a desmoronarse. Es increíble cómo el uso desafortunado del lenguaje puede influir negativamente en las personas. Pero parece que nuestras expresiones fueron elocuentes.

- Gente que oye quise decir. Yo tampoco soy sordo.

Ya nos habíamos dado cuenta.

- Esta gente necesita de la ayuda de todos nosotros. -continuó- Son personas sencillas y buenas y nadie les lleva el apunte.

Y bajando el tono de la voz, como si fuera a develar uno de los grandes misterios de la humanidad, agregó:

- Todos se piensan que los sordos son tontos.

Luego sonrió y suspiró como si se hubiera quitado un peso de encima. Víctor asintió con la cabeza y los dos quedamos en silencio sin saber qué responder. Como ninguno decía nada, don Ceferino se sintió motivado para seguir hablando.

- Yo estot con él vaya a saber por qué...

"Él" era el señor con el cual había llegado de la mano, que sí era sordo y se llamaba Juan.

- ... Yo soy muy egoísta y no me gusta nada: ni las mujeres, ni los hombres, ni nada. Soy jubilado de la marina mercante y me pasé la vida embarcado. Así que nada de novias. Por eso no me gustan las mujeres. A él lo conocí hace tres años cuando fui a aprender computación. Nos conocimos y se me prendió como abrojo. Porque yo tengo cáncer desde hace cinco años y no tengo nada ¿vio? Me operaron y me vaciaron como a las mujeres.

Se notaba que Ceferino tenía necesidad de hablar de sus pesares y de justificar su presencia en aquella reunión. Su discurso era un tanto inconexo y, cada tres o cuatro frases, repetía que a él no le gustaban "ni las mujeres, ni los hombres, ni nada", que él era asexuado y que lo habían vaciado "como a una mujer" a causa de un cáncer de próstata. Según sus palabras, la familia lo discriminaba por no haberse casado y ahora la gente lo criticaba por haberse metido con Juan. Además de sordo, Juan es mudo, pero cuando seña emite unos sonidos muy agudos que (de tanto en tanto) dejan oir alguna palabra más o menos clara.

- A este hombre no lo quieren ni los hijos. -se refería al mismo Juan- Yo los conozco a los hijos y les da vergüenza salir a la calle con el padre. Porque él se casó con una mujer cuando era joven... no sé si para tapar algo o para qué... pero ella lo dejó por uno que oía y él crió a los hijos como si fuera una madre. Pero los hijos no lo quieren...

Fruto de la pena y, seguramente, del tinto, sus ojos brillban de ese modo característico de los que ceden ante las emociones.

- Y la gente me critica... Pero ¡cómo no lo voy a llevar a casa si él me cocina y me cuida! Y todo sin obteber ningún beneficio porque conmigo ni sexo ni nada. A mí me vaciaron como a una mujer. Yo tengo cáncer hace cinco años y a él lo conocí en la academia de computación.

Mientras Ceferino hablaba, Juan se acercaba y lo besaba tiernamente en la mejilla, lo abrazaba y le sonreía con tanto amor que me daba envidia.

- Aprendé vos, viejo desamorado -le gruñí a Anselmo, que ni se dio por aludido.

- Esa seña que me hace quiere decir "te quiero".

La seña era la mano extendida con la palma hacia adelante, plegando los dedos anular y mayor.

- Yo aprendí bastantes señas. Él dice que está muy enamorado de mí pero yo no siento nada. Yo soy muy egoísta y siempre viví solo. No me gustan ni las mujeres, ni los hombres, ni nada. Pero esta gente necesita ayuda...

Y no pudo terminar la frase (o terminar de repetirla) porque se puso a llorar. Un poco por el vino, un poco por el tropel de emociones al que le había abierto la tranquera cuando empezó a contarnos su historia.

- A mú me encanta ayudarlos y trato de aprender lo más que puedo. Ya me sé narias señas pero soy duro de sesera... Porque son gente buena y necesitan de nosotros... ¿Ven cómo me quiere? Así está todo el día. Yo ya estoy jubilado y él tiene una pensión por "lo de él" y así vivimos bien. Porque yo soy un egoísta. Yo soy muy egoísta y no me gustan las mujeres, ni los hombres, ni nada...

Como los jóvenes de hoy se pasan el protocolo por el quinto forro (¡lo bien que hacen!), mientras Ceferino lloraba y sin demasiado disimulo, Víctor se alejó de nuestro grupo. Ceferino seguía monologando y Juan no dejaba de besuquearlo y abrazarlo.

- ¿Y ustedes desde cuándo son pareja? -nos preguntó el viejo, así nomás, a boca de jarro y sin previo aviso.

Yo me limité a sonreir. Pero a Anselmo se le atragantó la quinta hamburguesa y fue un asco verlo escupir la comida. Un pedazo de carne a medio masticar, embadurnado con mostaza y salsa ketchup, fue a parar justo, justo, contra el pantalón blanco de un chico muy lindo y atildado, de esos que parecen cuidar más su imagen que su corazón. El lamparón de grasa fue inevitable. Sin embargo, el Huije tuvo los reflejos necesarios para llegar desde la otra punta del salón y maniobrar la silla de ruedas a tiempo de impedir que el vómito subsiguiente impactara contra la humanidad de otro chico cuya sordera no le había permitido ponerse a resguardo. Conclusión: un incidente bochornoso que yo había previsto sin la convicción suficiente como para evitarlo.

El dueño de casa, de todos modos, fue muy atento y considerado y se deshizo en señas para dejarnos en claro que lo importante era que Anselmo se repusiera del mal trance. Quise ocuparme yo mismo de limpiar el estropicio pero no me lo permitió. Un amor de persona. Anselmo quedó hecho un estropajo y las chicas se encargaron de limpiarlo como pudieron. Era más que evidente que la fiesta había terminado para nosotros.

En la casa de un sordo el teléfono fijo no tiene mucha utilidad. Es por eso que el Huije decidió llamar un remise desde su celular. Me apenaba la idea de que, por nuestra culpa, ellos también tuvieran que irse. Pero por fortuna, una de las chicas tenía auto y se ofreció a devolvernos al hogar y luego regresar a la reunión con mis amigos.

El viaje fue interminable.

Cuando llegamos al hogar, Anita, la enfermera de turno, comprobó que todo estuviera en orden antes de que el Huije y la sordita regresaran. Era solo una indigestión. Nada grave.

¡Anselmo no tenía nada grave pero a mí la presión arterial casi me mata!

- ¡Es la última vez que me hacés esto! -le grité cuando llegamos a la habitación- La próxima vez te voy a tener cortito y ¡guay! con pasarte un milímetro de la raya.

Pero después lo pensé mejor.

- ¿Qué digo? ¡Qué próxima vez ni próxima vez! ¡Nunca más salís conmigo!

Es que, cuando me enojo, soy más señora que nunca.


viernes, 23 de noviembre de 2007

HUEVOS DE COLÓN


Y sí... como podrán imaginarse, estuve pachucho una vez más. Por eso tardé tanto tiempo en actualizar. Ya digo yo que lo malo de los años no es que pasen sino que se queden. Pero como no hay mal que por bien no venga, fue una muy buena excusa para que amigos y conocidos se dieran una vuelta por el hogar. Entre todos ellos, tuve una visita muy particular y largamente esperada.

El último domingo fue un día espléndido en Buenos Aires. Un sol tibio entraba por la ventana del cuarto y me ayudaba a desentumecer estas articulaciones que se retoban cada vez con más frecuencia. Por suerte, la fiebre había aflojado y mi cabeza volvía a estar vacía, libre de humores pituitarios, para que las ideas pudieran jugar con el eco de sus voces. Había pasado unos día terribles. A mi edad, una simple gripe puede no ser tan simple. No tanto por el mal en sí como por las espectativas y temores que genera en el entorno. El pobre Anselmo no le daba respiro a la silla de ruedas. Andaba de acá para allá con sus chirridos... Me alcanzaba agua para calmar la tos, le pedía a cada rato a la enfermera de turno que me controlara el suero, contaba los minutos para darme el antibiótico, me hacía compresas de agua fría... Nunca lo había visto tan preocupado.

- No te asustes que todavía no me voy a morir. -le dije en la madrugada del viernes. Estaba sentado en su cama mirándome con carita de perro mojado. Claro que de inmediato se despabiló y regresó a su conocida expresión de viejo duro.

- Ya lo sé. -me gruñó- Y espero que no me contagies la peste. Hace una semana que estás dele toser y, además de contaminar el ambiente, no me dejás dormir.

Ahí nomás roció el aire con Lysoform.

Los más cautos fueron don Santiago y don Francisco, que se acercaban de vez en cuando como quien no quiere la cosa. Echaban una mirada, verificaban que no me hiciera falta nada y se retiraban discretamente.

Mi amiga Paca, postrada como está en su propia cama, me hablaba a los gritos de habitación a habitación. Se entablaba así una comunicación bastante dificultosa. Recuerden que ella tiene parálisis facial y, si ya cuesta entenderle cuando habla normalmente, ¡imaginen cuando grita! Además, a mí la voz no me daba ni para desafinar una canción de cuna, con lo cual la pobre Paca se empeñaba inútilmente en un diálogo imposible. De todos modos, la situación era bastante irregular: las normas del establecimiento prohiben expresamente los gritos y el escándalo. Sin embargo nadie protestó. Ni siquiera doña Leo, que gusta tanto de fiscalizar en los demás el cumplimiento de los reglamentos.

El único que no se acercó en absoluto fue... (adivinen)... don Bentito.

- Está rezando en su cuarto. -me confió casi en un susurro doña Sofía, en medio de la ssiesta del sábado.

- Estoy frito entonces. Debe estar moviendo influencias para que el Flaco INRI me lleve a comparecer de inmediato.

Créase o no, a las pocas horas la fiebre volvió a aparecer y mis flemas eran engendros verdosos que parecían tener vida propia. Eran tan asquerosas que Anselmo llamó al Dr. Fridenberg en persona.

- Todavía tenemos Arturo para rato. -lo tranquilizó el tordo- Pero esta vez se pescó una de las bravas y vamos a tener que combatirla con la bomba H, jajajaja.

Me recetó uno de esos antibióticos para caballos, de esos que se toman una sola vez al día y que te dejan el hígado hecho una piltrafa. Igualmente, cerca de la medianoche, doña Sofía se preocupó por mi ataque de tos.

- Yo sé, Arturo, que usté no cree en estas cosas pero igual le voy a pedir que ponga debajo de su almohada esta estampita de Santa Gertrudis, que es tan milagrosa.

¡O sea que la vieja ya consideraba que mi curación dependía de un mmilagro! Sin embargo y a pesar de que tenía mucha razón en eso de que yo no creo en esas cosas, le agradecí, le recibí la figurita e hice como me indicó... por si las moscas... Uno nunca sabe: por ahí Dios existe y no es cuestión de seguir sumando puntos en contra.

El asunto fue que (gracias al antibiótico para caballos o a la santita) el domingo amanecí mucho mejor. Para el mediodía la temperatura era la normal y podía respìrar sin dificultad.

Fue después del almuerzo cuando Estercita, una de las enfermeras, entró a la habitación y me dijo con una sonrisa de oreja a oreja:

- Vinieron a visitarte, Arturito.

Detrás de ella entró una muchacha enorme, no menos de metro noventa, melena rubia hasta la cintura, unos ojazos azules que partían la tierra, unas piernotas macizas (capaces de sostener toda su humanidad y dos o tres más) y unos pechos... ¡unos pechos!... duros y bien moldeados, que asomaban su quirúrgica solvencia por sobre el escote de la blusa ajustada. La pollerita también le ajustaba y le moldeaba un culo que hubiera acomplejado a la propia Moria Casán. Anselmo se quedó lelo al verla. Parece que el viejo baboso todavía fabrica testosterona.

Yo la miré con otros ojos, por supuesto. Algo en su rostro me resultaba familiar pero no alcanzaba a reconocerla.

- Tantos años busc´nadolo y por fin lo encuentro, don Arturo. Su voz era más bien ronca y noté cierto esfuerzo por aflautarla.

- Viejo ingrato, yo que lo quiero tanto y usté ni se acuerda de mí... Le voy a dar una pista: noche de invierto del '90 y Ruta 8.

Entonces los recuerdos comenzaron a llegar en tropel.

Aquella noche íbamos con la Felipa y uno de sus "sobrinos", Juanito, un hombretón de 24 años, físico y vocación de patovica. Nuestro rumbo: la ciudad de Venado Tuerto, donde nos esperaba una gran fiesta entre locas. Era viernes por la tarde y teníamos pensado disfrutar de un fin de semana inolvidable.

Habíamos pasado Pergamino. La ruta estaba desierta. Yo les iba contendo de aquella vez en que volé a Madrid en busca de un amor pretérito. ¿De qué más podíamos hablar que no fuera de hombres? Juanito iba al volante y (debo confesarlo) a una velocidad poco prudente. La juventud es así (cree tener la vida comprada) y los dos viejos íbamos demasiado distraídos como para llamarlo al orden.

De repente, se escuchó una explosión y Juanito perdió el control del vehículo. El auto hizo un trompo en medio de la ruta y estuvo a punto de volcar, pero finalmente se detuvo en la banquina y los tres resultamos ilesos. No obstante, la Felipa tuvo un ataque de nervios y salió corriendo del auto como si lo reclamara el diablo. Ahora que lo recuerdo y no hubo que lamentar una tragedia, reparo en lo gracioso que se veía el viejo, rengueando como un muñequito de cuerda, sacudiendo los brazos en alto y a los gritos por el borde del asfalto. Juanito salió en su persecusión y yo en tercer lugar: no fuera que el auto estallara por los aires como sucede en las películas.

Allí nos llevamos la primera sorpresa de la noche. De entre la maleza que rodea la ruta, surgió una camioneta destartalada que casi atropella a la Felipa.

Los tres nos quedamos petrificados y, en el medio de la oscuridad de la noche, la Felipa cayó al suelo como bolsa de papas. Juanito no llegó a tiempo para evitar el golpe y yo corrí, como pude, hasta llegar a ellos. Yo me di cuenta enseguida de que aquel desmayo no era más que una de las tantas puestas en escena con la cual mi amigo pretendía llamar la atención. Juanito tardó un poco más y trataba de hacerlo volver en sí con golpecitos en las mejillas. En tanto, la camioneta se alejaba hacia Pergamino tosiendo humo por el caño de escape.

Cuando se apagaron los bufidos asmáticos de la máquina, la Felipa ya se había sentado sobre el asfalto y simulaba desconcierto. Pero del mismo modo en que lo suyo siempre fue la danza, en lo actoral tendía a la sobreactuación. Y esa tara lo traicionó. Miró hacia el horizonte entornando la mirada y preguntó con voz profunda:

- ¿Quién estoy? ¿Dónde soy?

Juanito, que justo en ese momento comenzaba a alzarlo entre sus brazos, se enfureció y lo dejó caer nuevamente. Fue una escena memorable que seguramente no podré reproducir en toda su comicidad. Otra vez la Felipa en el suelo gritando exageradamente y Juanito maldiciendo a los cielos con las manotas en la cabeza. Yo, por mi parte, muerto de risa y ¡congelado! Si el reuma me lo hubiera permitido, también me hubiera echado al suelo para carcajearme a gusto.

Al poco rato todo retornó a la calma. La ruta seguía desierta y hacía un frío de la hostia. La Felipa todavía estaba tendido en el suelo, Juanito ya se había serenado y yo me colgué de su brazo, tan fuerte y poderoso. A su lado, la paz del campo era una delicia.

Después regresamos al auto y nos dimos cuenta de que todo el incidente había sido por culpa de un reventón. Juanito se dispuso a cambiar el neumático y la Felipa y yo le hacíamos el apoyo sicológico para que no volviera a enfurecerse.

En eso estábamos cuando, en medio de aquella quietud de cementerio, se oyó un quejido de dolor. Y luego otro y otro. El sonido provenía de los matorrales y, haciendo alarde de su físico, Juanito se internó entre los yuyales en busca de la persona que emitía aquellos desagradables lamentos. La reacción de la Felipa, criado también en un pueblo, no fue tan altruísta.

- ¡No vayas! ¡No vayas! ¡Puede ser un mandinga!

Pero no se trataba de ningún siervo diabólico. Era un chico rubiecito y menudito con cara de bebé. Tendría unos quince o dieciséis años. Juanito lo traía en brazos y lo metió rápidamente en el auto para que no se congelara. El pobrecito temblaba y castañeteaba los dientes sin parar. Para nuestra sorpresa, llevaba el torso apenas cubierto por una camiseta desgarrada y, de la cintura para abajo, tan solo unos soquetes embarrados. Encendimos la luz interior del coche y también pudimos ver que tenía el cuerpo magullado y arañado. El chico lloraba sin consuelo y nosotros tres perdimos el don del habla. Juanito (que siempre fue un dulce a pesar de su corpulencia), sentado a su lado en el asiento de adelante, lo abrazó con ternura y le dio calor. Solo después de largo rato el mocito empezó a calmarse. Torpemente lo cubrimos con nuestras camperas y la calefacción del vehículo hizo el resto. Juanito regresó a los matorrales pero no pudo encontrar su ropa.


Para los que nos hemos criado en pueblos chicos no ha de resultar difícil imaginar lo que había sucedido aquella noche. El chico tenía voz aflautada y gestos delicados, además de ser bonito. ¿Es necesario dar más detalles? Cuando pudo calentarse y dejar de tiritar, un poco más relajado, nos contó:

- Me llamo Ricky y soy de acá cerca, de Colón.

Tratando de no sacar los brazos desnudos de debajo de los abrigos, nos señaló en dirección del pueblo.

- Esos chabones son de Pergamino y me venían molestando desde hace tiempo con que me querían romper el culo.

Se puso a llorar nuevamente.

Le ofrecimos llevarlo a su casa pero se espantó ante la idea.

- Lo más seguro es que mi viejo me eche a la mierda si me ve así. Hace como un año que no me habla.

La siguiente pregunta de la Felipa parecía inocente y desubicada pero era necesaria:

- ¿Por qué no te habla?

Ricky lo miró con una mezcla de tristeza y burla.

- ¡Vamos! ¿En serio no se imaginan por qué?

Entonces la Felipa y yo tuvimos un dejà vu y se nos disiparon todas las dudas. El gran pecado de Ricky era ser marica y no poder ocultarlo. Al rechazo de su padre se sumaba el desprecio y la desconfianza de los vecinos y las burlas y los abusos de tantos que se la daban de machos pero se calentaban con el ojete del maricón. Si se dejaba por las buenas, bien. Si no, no era lo suficientemente digno de merecer respeto y valía hacérselo por la fuerza. Una historia que se repite y se repite a lo largo y a lo ancho de los cinco continentes. Y muchos ya no podían contarla...

- Me imagino que lo habrán llevado a la policía para que hiciera la denuncia... -dijo de repente don Francisco, apareciendo sorpresivamente por la puerta. Evidentemente, Anselmo no era el único que estaba escuchando nuestro relato. El viejo chusma miró a la rubia con sorpresa y la saludó tocándose la visera de la gorra.

- ¿La llevaron a la policía?

¡Ni locos! Ricky tampoco quiso saber nada con eso.

- Lo más seguro es que me echen la culpa a mí y, una vez en el calabozo, me quieran coger ellos mismos...

No era en absoluto descabellada la idea. El muchachito la tenía clara.

Pero ¿qué hacíamos con él si no quería regresar a su casa en esas condiciones ni quería hacer la denuncia en la comisaría?

- ¿Y si lo llevamos con nosotros a Venado Tuerto? -propuso Juanito.

¡Era una total y completa locura! Por lo tanto, todos estuvimos de acuerdo.

- Los padres los podrían denunciar por secuestro... ¡o corrupción de menores!

Esta vez la que se sumaba a la rueda sin haber sido invitada era doña Jovita, que de leyes algo entiende.

- ¡Nada que ver! -le respondí- El padre se la pasaba borracho noche y día y la madre los había abandonado cuando el chico tenía once años.

Claro que, cuando tomamos aquella descabellada determinación, no lo sabíamos todavía ni pensamos siquiera en las consecuencias. Juanito era muy joven para ser prudente. La Felipa había pasado la vida desafiando al destino y yo... bueno... yo pensaba que el nene era muy lindo.

Poco antes de la medianoche llegamos a la fiesta. Todas las locas nos estaban esperando y Ricky fue recibido con algarabía y solidaridad. Porque las locas somos solidarias ante las desgracias comunes. Las dueñas de casa le curaron las heridas, lo maquillaron y le regalaron ropa, transformándolo en la loca más despampanante que se hubiera visto jamás en el sur de Santa Fe. Fue un antes y un después para el muchachito, que siempre había fantaseado con ser una mujer y nunca se había animado a travestirse.




- Corrupción de menores. No cabe duda. -sentenció don Francisco sin sascarle los ojos de encima a las tetas de la rubia.

- ¡Degenerados! -gritó don Benito desde el pasillo- ¡Engendros de Lucifer!

- Perdóneme, don Artu. -intervino doña Sofía, que también pasaba "casualmente" por allí- Eso que hicieron no me parece que estuviera bien...

- ¡No les des bola, Arturo! -gritó Paca desde la habitación de al lado- ¡Estos son de los que comen santo pero cagan diablo!

De pronto, todos los viejos del hogar estaban discutiendo en la puerta de nuestra habitación si habíamos hecho bien o si habíamos hecho mal. Hasta que Anselmo se cansó de tanto cotorrerío:

- Pero ¿alguien me puede contar qué pasó al final con ese chico?

Un repentino acceso de tos me impidió responder y todos clavaron su mirada en la rubia. Ya no estaban tan preocupados por mi salud y les urgía saber. Así que ella se alisó el pelo y habló con serenidad.

- Nada que no estuviera dentro de lo previsible...

Aquel fin de semana se divirtió como nunca lo había hecho en su vida. Había descubierto que el mundo de las locas era su ambiente natural y por primera vez se sintió libre de ser quien era. Se sintió una sirena que durante quince años había estado fuera del agua y ahora regresaba al mar.

A la noche siguiente, junto a Juanito, supo lo que era el sexo con amor y él la regresó a su casa, en su auto, el domingo por la tarde.

A pesar del solcito, el frío no cedía y parecía más riguroso en aquel barrio miserable. Especialmente en la casucha donde vivía el chico con su padre: una prefabricada de madera y bolsas de polietileno en lugar de vidrios en las ventanas. Cuando apareció el auto, todos los chicos de la cuadra se agolparon a mirar. Ricky todavía iba de loca. No había querido quitarse el vestido ni la peluca ni los tacos. Todos los vecinos lo vieron bajas del coche como si tal cosa. Movía el culo como Mamá Gansa y ni se inmutó ante las cargadas de los más pendejos. Es que ya no era Ricky: a partir de aquella fiesta, Ricky había muerto y Silvana había ocupado su lugar.

Cuando el padre la vio entrar con ese atuendo se quedó paralizado y se le fue la curda de pura indignación. No le dijo nada y esperó a tenerla a mano para quebrarle la mandíbula de una trompada. En la caída, Silvana fue a parar sobre el brasero que usaban para calentar el ranchito. Así y todo, el padre no dijo una sola palabra, levantó la peluca que había ido a parar al otro lado del cuarto y se abalanzó sobre la que él veía todavía como su hijo, con claras intenciones de seguir golpeándola.

- ¡Qué huevos tenía esa chica!

- Sí!!!! Pero ya no los usaba, ja ja ja ja.

Las burlas de los viejos se parecían mucho a los de los tantos vecinos de tantas y tantas Silvanas que van por el mundo buscándose a sí mismas.

- Pero ¿qué pasó al final? -se impacientó doña Nacha.

El padre la hubiera matado a golpes si, en ese momento, Juanito no hubiera entrado para defenderla. De un solo mamporro, el pobre viejo curda quedó tendido en un rincón, semiinconciente. Luego, Juanito levantó a Silvana en brazos y se la llevó a vivir con él a Buenos Aires, donde se amaron por más de diez años.

- ¿Diez años no es mucho para dos trolazos, che, rubia? -se admiró doña Leo, con toda el veneno.

La rubia la miró con furia homicida pero fue Anselmo el que dio la estocada que llamó a silencio a la impertinente guaraní:

- ¿Se da cuenta, vieja? ¡A todo el mundo le duran los maridos menos a usté!

Se generó un silencio denso y pesado. Nadie osaba hablar, hasta que don Santiago habló en nombre de todos.

- ¿Y por qué te separaste del grandulón?

Primero la rubia lo miró sin entender y después sonrió con amargura. Volvió a alisarse el pelo dorado e inspiró profundamente antes de responder.

- Silvana me dejó cuando yo dejé de ser Juan para permitirme ser Carola... Es que ella nunca fue lesbiana...


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La musiquita de hoy es gentileza de Zekys