
Vez pasada me di una vuelta por lo del médico porque ya era hora de mi chequeo anual, que en mi caso es también anal (sufro de hemorroides). El último miércoles le llevé los resultados de los exámenes. Me acompañó el Huije, antes de su viaje a Rosario, porque ando medio jodido de la cadera. No obstante el tordo me dijo que estaba todo correcto. Yo ya lo sabía (se lo comentaba al Huije cuando estábamos llegando) salvo por algunas minucias como este problemita de presión (que con tanto chico bonito a la vista imposible que se estabilice) y mi irremediable tendencia a la acumulación de lípidos (o sea mi imposibilidad de coserme la boca para no seguir tragando todo lo que se me pone a la mano).
- No le digo que corra, Don Arturo -me dijo el médico- pero salga a caminar por lo menos treinta cuadras por día. Despacito, va a ver que usted puede.
Un amor el doctorcito. ¡Con decirles que me pide permiso cada vez que me tiene que auscultar las zonas pudendas! Yo suelo responderle con la célebre frase de la Coca Sarli: "Chupe, Quiroga, que es trabajo". Él suele sonreírse pero es tan jovencito que dudo que sepa de qué le estoy hablando. Como me sabe loca, a lo sumo pensará que me estoy tirando un lance... lo cual tampoco es tan equívoco, jijijiji.
Pero estaba con que el doctor me aconsejaba caminar.
Le hice caso. Obvio. ¿Quién podría negarle algo a semejante bomboncito?
En virtud de estos consejos, a la mañana siguiente, después del desayuno (se me acabó la mermelada de ciruelas, así que hago un llamado a la solidaridad), salí a caminar por el barrio. Mi amigo Anselmo me iba a acompañar, pero la tarde anterior había sufrido una caída, mientras practicaba silla-cross en la rampa para discapacitados del banco donde cobra la jubilación, y se fisuró la clavícula. Todavía está redolorido el pobre y por unos días va a estar más molesto que de costumbre. Por mi parte, un poco de ejercicio se ve que me vino bien: me cambió el humor y me mejoró los problemitas de estreñimiento.
Todo bien con la caminata. Sin embargo, es un peligro andar por las calles hoy en día. Los automovilistas van como locos, no respetan los semáforos, tocan bocina como desaforados, giran en U en cualquier lugar, estacionan donde se les da la gana... Un caos. ¡Un caos!
Ya se sabe que a mi edad uno está bien lejos de poder correr los cien metros llanos y se dio el caso en el que, cruzando una avenida ancha, el semáforo se me puso en rojo a mitad de la calzada (cachen qué vocabulario). Me aturdieron con las bocinas. Histéricos intolerantes. Y los autos me chiflaban por delante y por detrás (pero ninguno me tocó el culo). No vayan a darme paso: a ver si se les enfriaba la pizza.
Por fortuna, un joven muy amable y musculoso, con carita de ángel y manos suavecitas, me tomó del brazo y me rescató de la vorágine automovilística, acompañándome hasta la otra vereda. No sé qué habría podido pasar de no haber aparecido ese chico tan bonito y altruísta. Se llama Héctor, es profesor de educación física y enseguida le di mis datos por si algún día puedo retribuirle la atención (Héctor, si estás leyendo estas líneas, acordate de que contás conmigo para lo que pueda serte útil, jijijiji).
Cuando volví al hogar, todos los viejos estaban prácticamente adosados al televisor. El tema candente de la semana era el de las muertes en accidentes de tránsito. Historias de conductores desaprensivos que atropellan a los transeúntes y los dejan tirados sin detenerse, más preocupados por las abolladuras del coche que por las muertes que siembran a su paso. En general, nenes de papá que no tienen el más mínimo respeto por la vida de los demás.
Desde su silla y en un grito, Don Anselmo no se animaba a opinar. No tiene autoridad moral para ir en contra de los amantes de la velocidad. Ana María, la mucama buena onda, se angustiaba por los gatitos que terminan sus días como alfombras en el medio del asfalto. Aun a pesar del volumen de la tele (la mayoría de los viejos son medio sordos y hace falta ponerlo bien alto) se escuchaban los gritos enfurecidos de Doña Paca (mujer de poca paciencia) que desde su habitación trataba de explicarle a Doña Leo que el título de la nota televisiva ("Picadas mortales") no tenía nada que ver con el salame en mal estado. "Lo que hace falta acá es mano dura... hay que votar a Blumberg" decía Don Francisco, viejo gruñón, ex sargento degradado del ejército porque lo descubrieron cómplice del negocio de los desarmaderos de autos. "Preséntese usté como candidato" se burlaba Don Santiago. "Yo lo votaría" se sumaba Doña Catalina, una vieja turra que anda detrás de Don Santiago pero nunca le entiende las ironías.
- ¿Y usté qué opina, Don Arturo? -me preguntó Doña Matilde.
Todos hicieron un silencio profundo. Con presencia teatral (como corresponde a toda diva cuya opinión es requerida) tomé el control remoto, dejé mudo el televisor (de modo que lo único que se escuchara fuese el siseo de la carne asándose en la cocina) y me planté en medio de la sala. Entonces, cuando estuve seguro de que todos estaban pendientes de mi respuesta, abrí mi corazón:
- El nuestro es un mundo en el que la norma consiste en cagarse en todo y en todos. Yo por suerte tengo tránsito lento.
(Media vuelta y mutis por el foro).