
Sin temor a equivocarme, personajes de la calaña de don Benito son intolerables. seres oscuros, fundamentalistas, rígidos, soberbios y todos los etcéteras que se les ocurran, tienen sin embargo una cualidad: son pertinaces.
Desde el mismo día en que llegó al hogar... o mejor dicho desde el día en que regresó al hogar (recuerden que tuvo que ser hospitalizado horas después de que sus hijos lo trajeran por primera vez), se propuso llevar a cabo entre nosotros su "misión" evangelizadora. Obvio que no halló eco en mí, ni en doña Paca, ni mucho menos en Anselmo, que pasa la mitad de su tiempo pergeñando travesuras para sentirse todavía joven y la otra mitad, curándose de las heridas que sus "hazañas" le ocasionan. Tampoco don Santiago es muy devoto (desde la época en la que los peronistas andaban por ahí quemando iglesias) pero de vez en cuando se prende en alguna disertación teológica.
Con los demás sí tuvo éxito y desde hace casi diez días tenemos tenemos sesiones de catequismo en la sala de la tele, todas las tardes justo a la hora de "Cuestión de peso".
Desde el mismo día en que llegó al hogar... o mejor dicho desde el día en que regresó al hogar (recuerden que tuvo que ser hospitalizado horas después de que sus hijos lo trajeran por primera vez), se propuso llevar a cabo entre nosotros su "misión" evangelizadora. Obvio que no halló eco en mí, ni en doña Paca, ni mucho menos en Anselmo, que pasa la mitad de su tiempo pergeñando travesuras para sentirse todavía joven y la otra mitad, curándose de las heridas que sus "hazañas" le ocasionan. Tampoco don Santiago es muy devoto (desde la época en la que los peronistas andaban por ahí quemando iglesias) pero de vez en cuando se prende en alguna disertación teológica.
Con los demás sí tuvo éxito y desde hace casi diez días tenemos tenemos sesiones de catequismo en la sala de la tele, todas las tardes justo a la hora de "Cuestión de peso".

Si estuviéramos en el Sheraton Hotel no habría ningún inconveniente. El caso es que, en el Hogar de Ancianos "Delicia Otoñal", la sala de la tele hace las veces de Salón de Convenciones y no hay otro lugar donde meter a los viejos. Así pues, se torna inevitable que, mientras unos escudriñan los retorcidos vericuetos del dogma, otros no tengamos más remedio que escucharlos sin demasiado interés y hacer lo posible por no hacer nuestros propios comentarios.
El tema de ayer era la historia de Ruth y Noemí.
Con voz cavernosa e innecesariamente apocalíptica, relataba don Benito:
- En tiempos de los Jueces, Israel fue azotada por una gran hambruna...
- Acá traje unos bizcochitos de grasa pa' acompañar los mates. -interrumpió doña Leonor, llegando tarde a la reunión- Pero los que tengan colesterol se quedan con las ganas.
El santurrón la fulminó con la mirada y la vieja dejó el plato con los bizcochitos en la mesa y ocupó su lugar pidiendo perdón hasta en guaraní (que por otro lado es su lengua materna).
Don Benito continuó:
- Elimelech y su esposa Noemí, habitantes de Belén de Judá, partieron entonces con sus dos hijos hacia las tierras de los moabitas...
- ¡Esos son los que no quieren usar luz eléctrica! -se entusiasmó doña Sofía- Lo vi una vez en el noticiero.
- ¡Cállese la boca, vieja bruta! -la reprendió don Francisco, hombre de pocas pulgas- Se confunde con los menonitas.
Don Benito estaba rojo de ira pero no emitió opinión y continuó con el relato:
- En el país de Moab... -hizo un silencio y miró furtivamente a sus discípulos, no fuera cosa que algún otro tuviera comentarios fuera de lugar- En el país de Moab murió Elimelech y sus dos hijos se casaron con dos mujeres moabitas. -dicho lo cual miró de repente a doña Sofía para evitar cualquier intervención.
Sin embargo, la liebre salta por donde menos la esperamos.
- ¡Muy mal hecho! -sentenció doña Nacha- Uno no puede andar por ahí casándose con cualquiera.
- ¿Y cómo sabe que eran unas cualquieras? -intervino doña Lucía- Si hubieran sido putas las habrán apedreado hasta matarlas. Esa gente eran unos salvajes.
- ¡SILENCIO!!!! -tronó la voz de don Benito, que cuando se enfurece tiene una voz indiscutiblemente demoníaca, la misma voz con la que les prohibió a todos abrir la boca sin su permiso.
Curiosamente, nadie dijo nada. Todos callaron y el santurrón pudo seguir con el relato.
El tema de ayer era la historia de Ruth y Noemí.
Con voz cavernosa e innecesariamente apocalíptica, relataba don Benito:
- En tiempos de los Jueces, Israel fue azotada por una gran hambruna...
- Acá traje unos bizcochitos de grasa pa' acompañar los mates. -interrumpió doña Leonor, llegando tarde a la reunión- Pero los que tengan colesterol se quedan con las ganas.
El santurrón la fulminó con la mirada y la vieja dejó el plato con los bizcochitos en la mesa y ocupó su lugar pidiendo perdón hasta en guaraní (que por otro lado es su lengua materna).
Don Benito continuó:
- Elimelech y su esposa Noemí, habitantes de Belén de Judá, partieron entonces con sus dos hijos hacia las tierras de los moabitas...
- ¡Esos son los que no quieren usar luz eléctrica! -se entusiasmó doña Sofía- Lo vi una vez en el noticiero.
- ¡Cállese la boca, vieja bruta! -la reprendió don Francisco, hombre de pocas pulgas- Se confunde con los menonitas.
Don Benito estaba rojo de ira pero no emitió opinión y continuó con el relato:
- En el país de Moab... -hizo un silencio y miró furtivamente a sus discípulos, no fuera cosa que algún otro tuviera comentarios fuera de lugar- En el país de Moab murió Elimelech y sus dos hijos se casaron con dos mujeres moabitas. -dicho lo cual miró de repente a doña Sofía para evitar cualquier intervención.
Sin embargo, la liebre salta por donde menos la esperamos.
- ¡Muy mal hecho! -sentenció doña Nacha- Uno no puede andar por ahí casándose con cualquiera.
- ¿Y cómo sabe que eran unas cualquieras? -intervino doña Lucía- Si hubieran sido putas las habrán apedreado hasta matarlas. Esa gente eran unos salvajes.
- ¡SILENCIO!!!! -tronó la voz de don Benito, que cuando se enfurece tiene una voz indiscutiblemente demoníaca, la misma voz con la que les prohibió a todos abrir la boca sin su permiso.
Curiosamente, nadie dijo nada. Todos callaron y el santurrón pudo seguir con el relato.

Contó así que los hijos de Noemí también murieron (esta gente no ganaba para entierros) y por lo tanto sus nueras también quedaron viudas. entonces la anciana decidió regresar a su Belén natal e instruyó a sus nueras para que también retornasen con sus familias. Pero hete aquí que una de ellas, Ruth, se negó a abandonarla.
- "No me instes más a dejarte". -recitaba don Benito, citando a la nuera- "Porque do quiera que tú fueses iré yo; donde tú morares he de morar yo. No otra cosa que la muerte me separará de tí".
Las viejas ya moqueban como si estuvieran viendo la telenvela de la tarde y, en un costado de la sala, doña Paca y yo observábamos atónitos la escena. Hasta que los pensamientos de mi amiga se abrieron paso a través de sus labios deformados por la hemiplejia y se oyeron claramente sus palabras:
- Eso es una declaración de amor...
A lo cual yo no pude resistir:
- ¡Ruth era lesbiana!
Todos nos miraron con espanto. Benito con odio. No fue necesario que nos escupiera la misma perorata de siempre, esa de que estamos condenados al fuego eterno y bla, bla, bla. Paca y yo nos miramos y no pudimos evitar la sonrisa. Últimamente, nada nos hace más felices como hacer rabiar al santurrón. Ya sé que personas de nuestro talento deberíamos buscar desafíos de mayor envergadura (con perdón de la expresión) pero también tenemos derecho a un poco de diversión a bajo costo.
Tratando de ignorarnos (aunque no tanto) continuó el viejo tragacirios con la historia. Resulta que las dos mujeres llegaron a Belén y allí Ruth conoció a un tal Booz, que justamente era pariente de Noemí. El hombre era adinerado y parece ser que le echó el ojo a la viuda joven porque de entrada le brindó ayuda en su pobreza. Claro que los consejos de Noemí ayudaron.
- "Lávate pues y úngete con los perfumes". -leía don Benito las directivas de Noemí- "Ponte los mejores vestidos y encamínate a su casa. Procura que no te vea hasta que haya acabado de comer y de beber..."
Todos escuchaban con espectación.
Seguro de estar captando la atención de todos sus feligreses, don Benito prosiguió leyendo:
- "Entonces cuando se fuere a dormir, irás y alzarás la capa por la parte con que se cubre los pies y echaráste allí. Él mismo te dirá lo que tienes que hacer".
- ¡Ja! Entregadora, la vieja -se me escapó el comentario.
Lejos de lo que podría esperarse, don Beni solo miró hacia el techo, suspiró profubndo y, cerrando los ojos, explicó:
- Si este hecho se mira con ojos carnales, tiene ciertamente un aspecto poco decente, mas no sucede así si se considera el fin, el motivo y el sentido misterioso que encierra.
- Dale, che, Benito, hablá en cristiano pues -se exasperó doña Leo.
- Noemí, sabia y prudente, conocía la sólida virtud de su nuera y la probidad y honradez de Booz, el pariente más cercano y al que le correspondía desposar a la viuda de su hijo. Temiendo sin embargo que el hombre (ya viejo y muy adinerado) no aceptara fácilmente recibir en su hogar a una viuda pobre y además extranjera, escogió un cierto modo de "sorprenderlo".
- ¡No joda, hombre! -se burló don Santiago, que acababa de sumarse a la tertulia- Eso en mis tiempos se llamaba prostitución.
Imagínense el revuelo que se armó. Los comentarios se superponían, las voces se entremezclaban y las opiniones se dividían. Aunque podría decirse que Santiago había logrado consenso. Cuando la polémica fue perdiendo decibeles, Paca pidió la palabra y todos la escucharon, incluso Benito.
- Si se ponen a pensar, las palabras de Ruth al negarse a abandonar a Noemí son las mismas que, durante siglos, hemos empleado las parejas heterosexuales para declararnos nuestro amor...
Un murmullo de asombro y confusión recorrió la sala. Don Benito quiso intervenir pero doña Clara le revoleó un bizcochito para que se mantuviera callado.
- A mi criterio, -continuó doña Paca- la historia de Ruth y de Noemí representa uno de los testimonios más antiguos de amor entre dos personas del mismo sexo. Y es un amor homosexual que, paradógicamente, ha venido a ser modelo para el romance heterosexual.
El murmullo esta vez se transformó en una virulenta discusión, entre la cual se oía la voz de Benito exigiendo que lo escucharan, pero nadie se daba por aludido. No obstante, el silencio regresó cuando Paca retomó su discurso:
- El posterior matrimonio de Ruth con Booz no es sino una forma necesaria de conseguir protección y seguridad para su relación con Noemí. No nos consta que haya habido intimidad sexual entre las dos mujeres. Pero tampoco tenemos la constancia de que eso suceda entre las parejas que vemos a diario. Lo que sí queda claro es que entre las dos había amor, un amor profundo e incondicional que iba más allá del cariño y la amistad. Un amor que además era tan grande y genuino que despertaba admiración entre los que las rodeaban. Lean, si no, el final de la historia.
Y pidiendo que le alcanzaran la Biblia de Benito, leyó con una paz que jamás había exteriorizado:
- "Tomó pues Booz a Ruth, desposóse con ella y en su matrimonio el Señor le hizo la gracia de concebir un hijo. Con cuyo motivo, las mujeres dijeron a Noemí: -y aquí reforzó las palabras- Bendito sea el Señor que no ha permitido que faltase heredero en tu familia... pues te ha nacido un niño de Ruth, la cual te ama. Y las mujeres vecinas suyas, congratulándose con ella, decían: Ha nacido un hijo a Noemí". Es palabra de Dios ¿no?
El silencio fue contundente. Solo se oía un sollozo proveniente del otro extremo de la sala. Ocultando su rostro entre ambas manos, don Benito lloraba. Pero de bronca.
- "No me instes más a dejarte". -recitaba don Benito, citando a la nuera- "Porque do quiera que tú fueses iré yo; donde tú morares he de morar yo. No otra cosa que la muerte me separará de tí".
Las viejas ya moqueban como si estuvieran viendo la telenvela de la tarde y, en un costado de la sala, doña Paca y yo observábamos atónitos la escena. Hasta que los pensamientos de mi amiga se abrieron paso a través de sus labios deformados por la hemiplejia y se oyeron claramente sus palabras:
- Eso es una declaración de amor...
A lo cual yo no pude resistir:
- ¡Ruth era lesbiana!
Todos nos miraron con espanto. Benito con odio. No fue necesario que nos escupiera la misma perorata de siempre, esa de que estamos condenados al fuego eterno y bla, bla, bla. Paca y yo nos miramos y no pudimos evitar la sonrisa. Últimamente, nada nos hace más felices como hacer rabiar al santurrón. Ya sé que personas de nuestro talento deberíamos buscar desafíos de mayor envergadura (con perdón de la expresión) pero también tenemos derecho a un poco de diversión a bajo costo.
Tratando de ignorarnos (aunque no tanto) continuó el viejo tragacirios con la historia. Resulta que las dos mujeres llegaron a Belén y allí Ruth conoció a un tal Booz, que justamente era pariente de Noemí. El hombre era adinerado y parece ser que le echó el ojo a la viuda joven porque de entrada le brindó ayuda en su pobreza. Claro que los consejos de Noemí ayudaron.
- "Lávate pues y úngete con los perfumes". -leía don Benito las directivas de Noemí- "Ponte los mejores vestidos y encamínate a su casa. Procura que no te vea hasta que haya acabado de comer y de beber..."
Todos escuchaban con espectación.
Seguro de estar captando la atención de todos sus feligreses, don Benito prosiguió leyendo:
- "Entonces cuando se fuere a dormir, irás y alzarás la capa por la parte con que se cubre los pies y echaráste allí. Él mismo te dirá lo que tienes que hacer".
- ¡Ja! Entregadora, la vieja -se me escapó el comentario.
Lejos de lo que podría esperarse, don Beni solo miró hacia el techo, suspiró profubndo y, cerrando los ojos, explicó:
- Si este hecho se mira con ojos carnales, tiene ciertamente un aspecto poco decente, mas no sucede así si se considera el fin, el motivo y el sentido misterioso que encierra.
- Dale, che, Benito, hablá en cristiano pues -se exasperó doña Leo.
- Noemí, sabia y prudente, conocía la sólida virtud de su nuera y la probidad y honradez de Booz, el pariente más cercano y al que le correspondía desposar a la viuda de su hijo. Temiendo sin embargo que el hombre (ya viejo y muy adinerado) no aceptara fácilmente recibir en su hogar a una viuda pobre y además extranjera, escogió un cierto modo de "sorprenderlo".
- ¡No joda, hombre! -se burló don Santiago, que acababa de sumarse a la tertulia- Eso en mis tiempos se llamaba prostitución.
Imagínense el revuelo que se armó. Los comentarios se superponían, las voces se entremezclaban y las opiniones se dividían. Aunque podría decirse que Santiago había logrado consenso. Cuando la polémica fue perdiendo decibeles, Paca pidió la palabra y todos la escucharon, incluso Benito.
- Si se ponen a pensar, las palabras de Ruth al negarse a abandonar a Noemí son las mismas que, durante siglos, hemos empleado las parejas heterosexuales para declararnos nuestro amor...
Un murmullo de asombro y confusión recorrió la sala. Don Benito quiso intervenir pero doña Clara le revoleó un bizcochito para que se mantuviera callado.
- A mi criterio, -continuó doña Paca- la historia de Ruth y de Noemí representa uno de los testimonios más antiguos de amor entre dos personas del mismo sexo. Y es un amor homosexual que, paradógicamente, ha venido a ser modelo para el romance heterosexual.
El murmullo esta vez se transformó en una virulenta discusión, entre la cual se oía la voz de Benito exigiendo que lo escucharan, pero nadie se daba por aludido. No obstante, el silencio regresó cuando Paca retomó su discurso:
- El posterior matrimonio de Ruth con Booz no es sino una forma necesaria de conseguir protección y seguridad para su relación con Noemí. No nos consta que haya habido intimidad sexual entre las dos mujeres. Pero tampoco tenemos la constancia de que eso suceda entre las parejas que vemos a diario. Lo que sí queda claro es que entre las dos había amor, un amor profundo e incondicional que iba más allá del cariño y la amistad. Un amor que además era tan grande y genuino que despertaba admiración entre los que las rodeaban. Lean, si no, el final de la historia.
Y pidiendo que le alcanzaran la Biblia de Benito, leyó con una paz que jamás había exteriorizado:
- "Tomó pues Booz a Ruth, desposóse con ella y en su matrimonio el Señor le hizo la gracia de concebir un hijo. Con cuyo motivo, las mujeres dijeron a Noemí: -y aquí reforzó las palabras- Bendito sea el Señor que no ha permitido que faltase heredero en tu familia... pues te ha nacido un niño de Ruth, la cual te ama. Y las mujeres vecinas suyas, congratulándose con ella, decían: Ha nacido un hijo a Noemí". Es palabra de Dios ¿no?
El silencio fue contundente. Solo se oía un sollozo proveniente del otro extremo de la sala. Ocultando su rostro entre ambas manos, don Benito lloraba. Pero de bronca.

