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sábado, 20 de octubre de 2007

EL ROSA Y EL VERDE OLIVA


La última vez les contaba de mi día de perros y de cómo terminé en el sanatorio. Aquí va lo que sigue. Siempre hay más.

Como ya dije, después del "electroshock" desperté a los tres días. Para los médicos (que pronosticaban un severo daño neurológico sin tener en cuenta que mi cerebro YA está bastante quemado) se trató de un verdadero milagro. Para mí, en cambio (ajeno como soy a toda mística) me salvé de puto cabeza dura: pienso seguir en este mundo hasta que mis huesitos se hagan polvo ante un soplido. Y les puedo asegurar que ya han sobrevivido a varios huracanes.

Les juro que vi la luz blanca de la que tanto se habla. Pero ni borracho me dejaba seducir por algo tan evidente: ¿o acaso se creen que soy tan iluso como para pensar que voy a entrar en el paraíso? Si se enterara de mi experiencia, apuesto doble contra sencillo que Víctor Sueiro se mordería los codos de la envidia. ¡Miren si me voy a morir justo ahora que estoy en la flor de la edad! Además, ya se sabe que los viejos maricones somos resistentes a la electricidad.

Esto me trae a la cabeza una historia que me obliga a cambiar el rumbo y escribir sobre algo muy distinto a lo que tenía pensado para hoy.

Recuerdo el caso de Albertito Lorenzo Unzué, una marica afrancesada que iba muy por la vida sacando chapa de doble apellido (porque Lorenzo era su apellido paterno, hijo como era de don Gervasio Lorenzo Lamas, miembro encumbrado de la aristocracia terrateniente de aquellos años). Debo reconocer que Albertito no era un buen muchacho y que me entreveré con él por culpa de mi inexperiencia juvenil, deslumbrado por las luces del centro que me hicieron meter la pata y por lo lujos a los que accedíamos gracias al prestigio de su familia. Porque Albertito era algo así como un Isidorito Cañones, pero maricón y malicioso. Afortunadamente, quiso el destino (y mi amigo la Felipa que me abrió los ojos) que me apartara a tiempo de su lado. De otro modo, quién sabe lo que hubiera sido de mí. A juzgar por lo que fue de él, nada bueno me hubiera esperado.

Entre otras lindezas, sacándole el jugo a su título de abogado, Albertito se especializaba en defender a jóvenes convictos a los que les conseguía la libertad a cambio de servicios sexuales. Lo sé de primera mano por haber participado alguna vez de esas "aventuras". No me enorgullece pero... así es la vida.

El caso es que todo iba de perlas para él. Tenía dinero y diversión a granel. Incluso más de lo que necesitaba. Hasta que un día, uno de sus clientes le tendió una trampa.

A principios de los cuarenta, Albertito había hecho migas con Rómulo y con Horacio, otras dos maricas de abolengo que organizaban fiestitas privadas en las que "se mezclaba el rosa con el verde oliva", como dijeron las crónicas de la época. El cebo para asistir a esas festicholas era la concurrencia de jóvenes cadetes del ejército dispuestos a presentar batalla en todos los frentes y las retaguardias. Según cuentan, los cadetes iban "engañados" (juajuajuajuajuajuajua) por una bella modelo publicitaria de aquellos años que era la cara visible de un jabón de tocador muy popular. Cuando llegaban al departamento de Junín y Charcas, la chica se esfumaba y los dueños de casa los "invitaban" a participar de la reunión. Y muchos se quedaban. ¿Por qué? Vaya uno a saber: en todas las épocas hubo "curiosos" y tapados, jijijiji. Fuera como fuera, para asegurarse el silencio y la discresión de los que no se iban, Horacio y Rómulo los fotografiaban mostrando el potito con el solo atuendo de la gorra o las botas.



El desgraciado de Albertito jamás me invitó a una de esas fiestas.

En cambio, sí concurrió en compañía de Manuel, un rubiecito que en ese mismo año 42 había cumplido los dieciocho y acababa de pasar unos días en la cárcel por un delito menor. Según se cuenta, Manuelito se quedó muy traumado después de aquella experiencia en la cual lo "obligaron a hacer de mina" y, para vengarse, terminó batiendo todo a la policía.

¡No saben el revuelo que se armó! Hubo tribunal de guerra, juicio civil, escándalo nacional. Un chico llamado Jorge (con el que habíamos tenido una breve historia) se suicidó. Rómulo y Horacio fueron en cana. No sé cuántos cadetes y oficiales del ejército fueron dados de baja y arrestados. ¡Un desastre!

Y Albertito terminó exiliado en Montevideo.

Pero no la sacó nada barata. Don Gervasio se encargó de que así fuera: lo internó en una clínica siquiátrica que prometía "curar" al invertido y eliminar de sus hábitos las prácticas indecentes. Allí, la tortura a la que lo sometieron fue metódica y por demás cruel.

Primero probaron con el sicoanálisis, a través del cual pretendieron hacerle ver lo perverso de sus actos. No conformes con los resultados, probaron con terapias aversivas, consistentes en la administración endovenosa de drogas que inhibían el deseo sexual. Sin embargo, parece que esas drogas lograban que el "amigo" de Albertito no se pusiera firme pero las ganas no se le pasaban. La siguiente fase del "tratamiento" consistía en sesiones de electroshock. Y aquí está la razón por la que me acordé de esta historia.

Contaba Albertito que lo ataban con correas a una camilla y le ponía electrodos en la cabeza. Cuando accionaban el "switch", el dolor era indescriptible. La mejor de las películas de horror era un juego de niños en comparación con aquella tortura terapéutica. Él mismo decía que se había convertido en un vegetal. Y lo hubiera sido realmente si no fuera que los vegetales no se cagan ni se mean encima. Así estuvo durante más de ocho meses, hasta que un día otro interno le contó el caso de un muchachito al que lo habían castrado para que dejara de calentarse con los hombres.

- C'était trop fort! -se espantaba Albertito años después. Él solía mechar frases en francés en sus conversaciones para que todos supiéramos que era un dandy.

Según su versión, se escapó de la clínica tras concretar un perfecto plan de fuga y luego obligó a sus familia a levantarle el castigo. Pero lo cierto fue que don Gervasio no soportó la deshonra y estiró la pata, justo a tiempo para que su viuda pudiera salvar los testículos de su primogénito. No obstante, la condena continuó. Lo obligaron a trabajar y a contraer matrimonio con la hija del capataz de la estancia que la familia tenía en Canelones. Con los años, esta chica llegó a parir dos hijos hermosos que no se parecen en nada a los Lorenzo. El mismo Albertito sembró la duda:

- A esa negra pata sucia jamás la toqué ni con un palo.

No corrieron la misma suerte los peoncitos más tiernitos de la estancia. Y también hubo denuncias judiciales por las que, a finales de los sesenta, Albertito tuvo que regresar a Buenos Aires para no hacer olas.

¡La Felipa lo odió desde el primer día en que lo vio! Siempre tuvo mejor ojo clínico que yo. Durante la época de los milicos, dice que se lo encontró en una tetera. Tuvieron un "intercambio de palabras" y la Felipa le escupió un ojo. Albertito sacó un pañuelo de seda y se limpió la escupida mientras le decía:

- Sos muy poco educada, ma chérie. No te vendría nada mal que te enseñaran modales en el cuartel de unos amigos míos.



Hoy en día recuerdo aquellos años y llego a la conclusión de que todo ha cambiado para que todo siga igual.

Yo no soy quien para juzgar, pero estoy seguro de que Albertito se merecía aquellos padecimientos y mucho más. Sin embargo, sé de muchos otros jóvenes de los cincuentas para los cuales la electricidad representó un infierno más que una bendición tecnológica.

Esos jóvenes (no muy diferentes a los que hoy gozan de la libertad de ir a bailar a Ameri-k o de poder soñar con una historia de amor sin que el mundo se espante) hicieron de la neurosis su tabla de salvación. No fueron pocos los que, como Jorgito, se quitaron la vida. Quien más, quien menos, todos hemos pagado con infelicidad y angustia un delito que no hemos cometido sencillamente porque ser hombre y desear a otro hombre no es delito, ni pecado ni enfermedad.

Los profesionales involucrados en esas prácticas aberrantes con que pretendieron hacernos desaparecer fueron verdaderos nazis amparados como ratas detrás de sus tesis y sus bibliografías. Puedo verlos regodeándose en el sufrimiento de las víctimas de su exterminio, a sabiendas de que no existe cura para lo que no es enfermedad. Ya lo había dicho el mismo Freud: "El emprender la reconvención de un homosexual no resulta más esperanzador que el emprender la operación inversa, con la particularidad de que, por razones de índole práctica, esta última no se ha intentado nunca". El mismo Freud que también había afirmado que "la homosexualidad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que uno deba avergonzarse". Claro que esos "profesionales" siempre estuvieron dispuestos a cagarse en todo, salvo en sus prejuicios.

El mundo siempre estuvo loco y, aún hoy, sigue creyendo que la única cordura posible es la heterosexual.

martes, 18 de septiembre de 2007

Las teteras no son pavas

- No somos nada. -dijo el señor octogenario que, impedido de permanecer de pie a causa de su edad, estaba sentado junto al féretro, mientras trataba infructuosamente de enfocar la realidad a través de los culos de botella que llevaba por anteojos. A su lado, una señora (también añosa e igualmente sentada) jugueteaba con sus dedos artríticos y se sonreía mirando a la nada. Tal vez rememorara antiquísismas anécdotas felices con el difunto. Casi en la puerta, unos caballeros muy circunspectos murmuraban que quizá fuera la viuda. Evidentemente no conocían al muerto... ¿Se habrían equivocado de velorio?

A los pies del cajón, un joven cuarentón muy bien puesto, vestido íntegramente de negro, sollozaba casi en silencio. De no haber sido por el pañuelo al cuello (anundado hacia un costado), las pulseras, los collares, por el perfecto bronceado en pleno septiembre, el peinado tan sofisticado, las cejas depiladas y por la base de maquillaje, nadie hubiera dicho que era gay. Cerca de él (aprisionado entre el ataúd y la única corona de flores, que lucía una banda con la leyenda "Tu hermana y tu sobrino"), un señor muy gordo miraba al occiso fijamente y con el ceño fruncido. Usaba bigote y el pelo cortado a lo militar. Parecía policía... quién sabe...

A mi izquierda, los caballeros que ya mencioné habían abordado el comprometido tema de las nominaciones de Gran Hermano. Más allá, una señorita de unos veinticinco años llegaba con una bandeja con café para repartir entre los presentes. Yo pasé: últimamente vengo muy mal con la presión arterial y me tengo que cuidar.

Claro que esta noticia no ayudaba: el difunto no era otro que la Felipa, uno de mis más grandes amigos.

Nos conocíamos desde la época del teatro de revistas, cuando bailábamos en la compañía de Dringue Farías, en el mítico teatro Maipo de la calle Corrientes. Estoy hablando... más o menos... de los años... "sin cuenta", jijijiji.

Lo primero que debe decirse de la Felipa es que era loca.

Loca de arriba y de abajo. De adelante y de atrás (aunque preferentemente de atrás). El mismísimo Paquito Jamandreu se escandalizaba con sus osadías. La Felipa no tenía límites. Desconocía el concepto de recato y no tenía más norte que la satisfacción de su propio culo. Había iniciado sexualmente a más de un galán del jet-set porteño y sus aledaños. Pruebas no hay, pero todo el que conociera a la Felipa sabía que, en su caso, no cabían las exageraciones.

Lo segundo que debe decirse de la Felipa es que, loca y todo, era un amigo de ley.

En un tiempo, sin embargo, estuvimos distanciados por un asunto de polleras. Integrábamos el elenco de una obra llamada "Por atrás entra más fácil" y hacíamos un cuadro de rumba. Los dos nos emperramos en usar la misma falda de volados multicolor. Que sí, que no, que vos esto, que yo aquello... el entuerto lo terminó dirimiendo el productor, quien me consideró el más apto para el atuendo. ¡La Felipa se puso rabiosa! Gritó, pataleó, rompió jarrones de utilería, amenazó con deschavar los secretos sexuales de toda la compañía y, viendo que no obtenía resultados, se fue dando un portazo y no volvió a aparecer por el teatro.

Lo tercero que debe decirse de la Felipa es que tenía un carácter de mierda.

Y más furioso se puso cuando en su reemplazo pusieron a una tal Nélida Lobato, una pendejita que apenas empezaba.

Con la Felipa recién nos reencontramos en los ochenta, en una de las festicholas del Tigre. Si la memoria no me falla, ya les conté de mi pseudo exilio en la isla de Juanito, allá entre el 78 y el 83. La Felipa había sobrevivido en Buenos Aires un tiempo más, haciendo papeluchos que estaban muy por debajo de su talento, pero que le permitían comer sin llamar mucho la atención de los milicos de turno. Eso sí, en el 82 se asustó: un comando paramilitar había amenazado con volar todos los teatros de revistas y con hacer desaparecer a todos los putos. Razones para asustarse no le faltaban: eran épocas para andar con el culo a dos manos y, si de putos se trataba, él era el número uno. Fue en esos tiempos cuando apareció el cadáver de la Vascongada tirada en un descampado de José C. Paz.

La Felipa era una verdadera diva. Pero ni las verdaderas divas pueden contra el paso del tiempo. Él admiraba con santa devoción a Liz Taylor y le habría vendido el alma al diablo para estar forrado en dólares y poder someterse a todas las operaciones que fueran necesarias para mantenerse siempre joven y hermoso. Se la habría vendido si no se la hubiera regalado mucho antes, cuando tomó la decisión de ser quien era sin más vueltas. Así fue como los años pasaron y, cuando quiso darse cuenta, ya estaba viejo, achacoso, solo y alejado de las tablas. Algo que, en general, nos ha pasado a todos.

¡Mirá que tuvo oportunidades de asentar cabeza...! Los tipos más hermosos de aquel Buenos Aires que hoy recuerdo solo en blanco y negro se lo disputaban a capa y espada. Nunca le faltó amante. "El buen sexo es el secreto de mi lozanía" solía decir. Pero era tan loca y tan libre que jamás supo consagrarse a un solo amor y, a fuerza de infidelidades, solo puso serse fiel a sí mismo. La última vez que lo vi (hace poco más de un año), iba del brazo de un pendejo muy bonito.

- Vos sí que no perdés el toque. -le dije con sincera admiración.

- Shhhh... Callate -me respondió risueño- que, cuando se entere de que vivo apenas de mi jubilación, me da una patada en el culo y se las pica.

Así era la Felipa: genio y figura hasta la sepultura.


- Pobre Philippe... Si hasta hace unos días andaba derrochando salud...

El joven de negro se me había acercado y continuaba con su sollozo... aunque ahora que lo tenía cerca no podía descubrirle ni una sola lágrima.

- Ese fue siempre su problema: -le respondí- el derroche.

El joven sonrió.

- Es cierto... y murió en su propia ley: de rodillas, ¡la muy puta!

- ¿Cómo? -me asombré- Su hermana me dijo que sufrió un paro cardiorrespiratorio durante la noche...

- Durante la noche, sí. Pero en el baño de la estación Constitución, mientras se la chupaba a un chongo.

¡Debí haberlo imaginado! ¡Viejo trolo! El zorro pierde el pelo pero no las mañas. Como los elefantes, fue a morir al sitio donde había nacido a su verdadera vida: la tetera (*).

Justo cuando iba a pedirle más detalles, el empleado de pompas fúnebres anunció que ya era hora de despedirnos del difunto. El joven de negro me acarició la mano con cariño sospechoso, me guiñó un ojo y (con gesto de diva de teléfono blanco) se acercó al ataúd, se inclinó sobre "Philippe" y reinició el paso de comedia aun con más mocos y más lágrimas que antes. Al parecer, era la viuda. Hizo tanto aspamento que el gordo policía lo abrazó y lo consoló muy dulcemente. Luego lo acompañó hasta la puerta, tomándolo por los hombros y hablándole al oído para sonsacarle alguna risita.

El viejo de los culos de botella, en tanto, seguía en su silla y cada tanto repetía su "no somos nada". Siempre con el mismo tono y la misma desgana. No se movió de su silla hasta que la chica del café lo ayudó a ponerse de pie y a llegar lentamente hasta el auto que lo llevaría al cementerio.

Fue entonces cuando la señora de los dedos artríticos se me acercó con una sonrisa.

- Usté debe ser don Arturo ¿verdad?

Así la reconocí.

- Yo soy Alcira. -me aclaró- Soy la que lo llamó por teléfono.

Era la hermana de la Felipa, una versión mejorada de mi amigo. De partida, ella no tenía que esforzarse para parecer mujer.

- Antes de irse déjeme por favor su dirección. Mi hermano dejó algo especialmente para usté.

Le di el último adiós a la Felipa y salí de la sala. Como era de prever, el cortejo fúnebre era menos que modesto: apenas dos coches, en uno de los cuales me tocó viajar con el señor de los culos de botellas. Alcira, el joven de negro y el gordo fueron en el otro. Los señores circunspectos no fueron al cementerio.

Durante el entierro no hubo llantos ni rezos. El joven de negro había agotado sus lágrimas y caminaba del brazo del gordo, repentinamente sonriente. Alcira y yo ayudamos al señor de los culos de botella y todos presenciamos cómo cubrían el cajón con tierra, sabiendo que allí abajo quedaba la Felipa.

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Esta mañana recibí una caja. La traía un jovencito de parte de Alcira. ¿sería el sobrino que mentaba la corona de flores?

Los viejos del hogar se morían por saber qué había dentro. Pero yo me fui con mi paquete y lo abrí a solas en mi habitación.

La Felipa nunca fue un sentimental ni evidenció jamás demasiadas inquietudes en el orden de lo trascendental. antes bien, hizo de la frivolidad su tarjeta de presentación. Por eso me sorprendió y emocionó tanto su "legado".

Dentro de la caja, envuelto en un paño de terciopelo rosa, había un album de fotos. Lo abrí... y cuál no fue mi sorpresa al encontrarme con cientos de fotografías tomadas en aquella temporada en que nos peleamos por la falda con volados. En la mayoría aparecía yo luciendo la prenda. Además, había una nota escrita con su esmerada y delicada caligrafía de escuela jesuita. La Felipa había escrito: "Si no te hubiera querido siempre tanto, habría quemado esa pollera antes de cedértela"

¡Viejo de mierda! Ponerse sensible justo ahora que ni siquiera puedo darle un abrazo.

Y en el reverso de la nota agregó "Nunca te quiebres. Sé vos mismo hasta el final", con una dirección de corro muy curiosa: grupolosfiesteros@ yahoo.com. ar. ¿Qué me habrá querido decir?

Sea lo que sea, vaya desde aquí mi sentido homenaje a una persona que siempre fue lo que quiso ser. Con toda la dignidad que ese solo hacho encierra.

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(*) No confundir con la cacerola con mango y pico vertedor que se emplea generalmente para calentar agua (en Argentina, la llamamos "pava" y la usamos también para cebar mate). "Tetera" se llama también a cualquier sitio público donde algunos hombre suelen tener sexo con otros hombres, generalmente baños de las estaciones de trenes.