Como muchos sabrán, en las últimas semanas Buenos Aires se ha convertido en el paraíso de los mosquitos. Se los ve por todos lados y, por cada uno que uno mata, aparecen diez más. Y no es que me queje porque a mí me afecte en forma directa. No. Se ve que mi sangre es lo suficientemente amarga como para que los bichitos ni se me acerquen. Pero es igual de molesto ver a los demás a los cachetazos limpios todo el tiempo. No se puede mantener una conversación sin que haya que matizarla con algún que otro soplamoco.
En el hogar en donde vivo, el banquete preferido de los zancudos chupasangre se llama, por supuesto, doña Leonor. Hay que reconocer que la paraguaya está un poquito entrada en carnes y, como siempre anda acalorada (menopausia interminable mediante), se pasa la vida en ojotas y batones gigantes, exponiendo a la vista de todos más humanidad de la necesaria. Por estos días es habitual oirla putear en guaraní mientras se cachetea y los bichitos le revolotean en derredor como... como... como moscas en la miel (se me ocurría otra metáfora, también con moscas, pero más escatológica, jijijiji). Es curioso de todos modos (y no es mi intención hacer una escena de celos ni mucho menos) porque, si hay alguien amargo en este asilo, esa es la doña paragua.
Una asidua visitante de este blog, la inefable Señorita Cosmo, sugirió por estos días la cría sistemática de sapos para acabar de una buena vez con la plaga. Todos conocemos los hábitos alimentarios de los nobles batracios. Por mi parte, a raíz de ciertas similitudes morfológicas (ojos fuera de las órbitas y boca generosa), estos bichos no me caen muy simpáticos. Me recuerdan años de atormentada infancia. Sin embargo, no dejo de admitir que la idea de la colonia de sapos tiene su asidero. Por eso, la otra noche se lo comenté a don Anselmo, mientras jugábamos una partida de chin-chón. El viejo, que es como un chiquillo de diez años, agarró viaje de inmediato y ayer por la mañana nos escapamos por la puerta de atrás y nos fuimos al zanjón que hay acá a unas cuadras, munidos de red y bolsa de arpillera.
Lo primero que tengo que decir al respecto es que, si en el asilo nos quejábamos por la proliferación de insectos hematófagos, los yuyos de metro y medio que rodean al zanjón son algo así como el Nirvana de los mosquitos.
La expedición tuvo sus bemoles. Entre la silla de ruedas de don Anselmo (que se enredaba con cuanto yuyo había en el lugar), don Anselmo (que es alérgico ¡a la clorofila!) y mis pantalones acampanados (porque soy incapaz de salir a la calle como una chirusa y además me niego a descartar las maravillas de las modas pasadas), el avance a través de la maleza era por demás dificultoso. Los tacos de las sandalias se me hundían en el barro y don Anselmo casi se me cae dos veces de trompa porque, haciendo caso omiso de la amargura de mi sangre, los mosquitos se me abalanzaban como bombarderos y me costaba mantener la estabilidad de la silla. Como música de fondo, se oía el croar de los sapos (o de las ranas, nunca logré diferenciar entre unos y otras). Todo tranqui. Pero algo me decía que aquella aventura no saldría tal como la habíamos pensado.
Fue don Anselmo quien, involuntariamente, encontró la punta del ovillo, mientras se desesperaba matando mosquitos con una mano y espantándolos con la red que sostenía en la otra.
- Che, viejo, si se supone que los sapos se morfan a estos bichos de mierda, o ya están pipones o se pusieron a dieta.
A mí me empezó a dar miedito. Hasta escuchaba la musiquita incidental de las películas de terror, esa que se escucha en la famosa escena de la ducha en que apuñalan a la rubia.
Como ya dije, avanzábamos lentamente y la idea de la Señorita Cosmo ya no me parecía tan fantástica. Sin embargo, se me ocurría que no era momento para flaquezas. Así que, como pude, seguí empujando la silla de ruedas y cargando la bolsa de arpillera vacía, en medio de una nube de diminutos caza-bombarderos.
Hasta que por fin llegamos al zanjón.
La escena no podía ser más descorazonadora.
Junto a la escuálida corriente de agua cenagosa, una docena de sapos (o ranas) permanecían impávidos entre millones y millones de dípteros hambrientos. Al notar nuestra presencia, algunos de los anfibios se perdieron en la maleza o se echaron al agua. Pero hubo uno, uno grande y gordo como escuerzo, que giró la cabeza, nos miró fijamente y (como quien dice "hicieron semejante viaje al divino pedo") abrió su gran bocaza, extendió su babosa y kilométrica lengua y se manducó un mamboretá que deambulaba distraído entre los yuyos. ¡Un mamboretá! ¿Y a los mosquitos no les daba ni cinco de pelota???? NO.
Don Anselmo y yo nos miramos y, sin decir palabra, volvimos por donde habíamos llegado. Comenzaba a llover y lo que antes fuera una suave brisa se fue transformando en un viento que doblaba los árboles.
Antes de regresar al hogar, nos guarecimos en la farmacia y nos gastamos lo que nos quedaba de jubilación en antibióticos y repelente.
PD: El de la foto de hoy no es don Anselmo ni yo. Aclaro por si las moscas...
jueves, 12 de abril de 2007
MOSQUITOS GO HOME
miércoles, 4 de abril de 2007
DON ARTURO, EL JUSTICIERO
Si hay algo que detesto es la gente petulante. Digo: esas personas que van por la vida mostrando chapa de alcurnia, título o belleza (bueno... los lindos no tienen necesidad de andar mostrando chapa, simpelmente se les nota). Pero lejos de enfrentarlos y de hacerme mala sangre, como soy un viejo ladino, trato de sacarles alguna tajada. Siempre tienen un lado flaco por donde hacerles el entre y mi deporte favorito (a estas alturas de la vida en que las distracciones no abundan) es encontrárselos.
Hace unos años vino a trabajar al asilo un enfermero nuevo al que le decíamos Carlitos. Obvio que porque se llamaba Carlos. Lindo pendejo. Hermoso diría... Es más: MUY HERMOSO. No vale la pena una descripción. Nada de lo que pudiera decir de su belleza le haría justicia. Imagínenlo: todo muy bien puesto en su lugar, como griego de estatua.
Al principio, todo bien. El tipo llegaba y hacía su trabajo. Nos preparaba la medicación, nos tomaba la presión, nos charlaba boludeces, les cambiaba los pañales a los viejitos más achacados (¡y cómo me hubiera gustado usar pañales en esa época!) y le daba la intramuscular a doña Paca (que a pesar de sus ochenta, de la osteoporosis y la hemiplejia, se defendía como gato panza arriba cuando le querían pinchar el culo). Cada dos por tres, tenía que levantar a don Anselmo que (como recordarán) suele irse de trompa al suelo por andar a los pedos con su silla de ruedas (y aclaro que, en Argentina, "andar a los pedos" significa andar muy rápido, nada que ver con las flatulencias del pobre Anselmo que, por cierto, son verdaderamente inaguantables). En fin, Carlitos hacía su laburo.
Pero un buen día, llegó con la noticia de que al día siguiente cumplía años. Estábamos casi todos en el salón de la tele, matando el tiempo (asesinándolo sin remordimientos, diría yo) con el programa de Tinelli.
Gran-revuelo-gran entre las ancianas cacatúas, que no por seniles son menos calentonas.
En ese momento se interrumpió la paz de mis intestinos y ¡que me lleve el diablo si eso es algo que me suceda a menudo! Así que, munido de mi bastón con mango de carey, me fui al baño lo más rápido que me daban las piernas, jubiloso por el feliz acontecimiento.
Pero estábamos en que Carlitos había anunciado que cumplía años.
- Dichoso de usté que todavía cumple -le envidió doña Leonor, como si la sola negación lograra que el tiempo se detuviera.
- No se crea. -le respondió Carlitos con coquetería- Ya no me cuezo en el primer hervor.
- Ay. No diga eso -le retrucó una embelezada doña Lucía, mientras se enrollaba en el dedo la lana que colgaba de la manta que (cual Penélope posmoderna) aun hoy no ha terminado de tejer.
Doña Clara (que hablaba poco pero siempre iba al grano, la pobre, y se nos fue al otoño siguiente... a un asilo del estado porque, cuando murió su hijo, le firmó un poder al nieto para que le cobrara la pensión y el muy turro no volvió a dar señales de vida)... Doña Clara (decía) la hizo corta:
- ¿Y cuántos años cumple?
Entonces, como si a la vida la guionara el autor de algún culebrón portorriqueño, se escuchó la fatal pelotudez: "¿Y usté cuántos me da?".
¡Para qué! ¡Las jovatas se pusieron como locas! Todas queriendo adivinar la edad de Carlitos. Que 30, que 28, que 25... Cada una se afanaba por hacerlo cada vez más joven.
- No, no -decía Carlitos moviendo el dedito índice e inclinando la cabecita como jugando, hasta que al fin confesó: "Acá como me ven, cumplo 36".
Los "oh", los "ah" y los "uy" en medio de risitas nerviosas y suspiros fueron el coro de las calandrias disfónicas que le sonreían al joven como si sus bocas desdentadas conservaran todavía algo de sensualidad.
Empachado por la admiración de las veteranas, Carlitos les regaló una caricia a cada una (total, los pañales no los pagaba él) y se fue a continuar con sus labores.
En uno de los pasillos se encontró con don Anselmo (que como buen hincha de Huracán jamás vería un programa conducido por un hincha de San Lorenzo) y también le contó lo de su cumpleaños. El viejo le dio 29 y Carlitos le repitió la escena del "No, no. Cumplo 36", con dedito incluído. Minutos después, lo hizo otra vez en la cocina, esa vez frente a Patricia, una de las mucamas, que le apostó al 31. Y otra vez: "No, no. Mañana cumplo 36".
Mi paso por el baño había sido un verdadero triunfo. Se ve que los cereales que me había regalado el Huije estaban surtiendo efecto. Fue ahí cuando me lo encontré... ¡NO!... ¡mientras cagaba no!... ¡me lleve el diablo por la falta de glamour!... Me lo topé a la salida de la cocina (después de).
- ¿Y Arturito? ¿Qué me va a regalar mañana?
Mi cara de nada lo dijo todo.
- Mañana es mi cumple. A que no sabe cuántos cumplo...
No dije nada.
Busqué en los bolsillos de mi guayabera floreada y me calcé los lentes de ver de cerca. Lo miré y lo miré, rozando casi su pellejo con mi nariz (una muy grata experiencia por cierto) y el di mi conclusión:
- Yo ya estoy muy viejo, m'hijito, y no veo ni con anteojos. Pero tengo un método infalible para averiguar la edad de los hombres. ¡Abrite la bragueta!
Se ve que el tono imperativo de mi voz lo tomó por sorpresa y no supo cómo reaccionar. Lo pillé desprevenido y luego de unos instantes sólo pudo negar con la cabeza, entre risueño y asustado.
- ¡Dale, dale! -lo apuré- No me vengas con vergüenzas. Abrite la bragueta y yo te digo cuántos años tenés.
Y así fue como, increíblemente, creo que sin darse cuenta de lo que hacía, me hizo caso.
Tenía un calzoncillo blanco. Justo como me gustan a mí, que me gustan los calzoncillos blancos (y los negros y los verdes y los colorados y los amarillos... sobre todo si están rellenos con su dueño, je je). Se lo bajé un poquito y le metí mano. Todavía hoy lo recuerdo y se me eriza la piel (sí, es la única respuesta sexual que me va quedando...). La cosa duró apenas unos gloriosos segundos, hasta que Carlitos se puso por demás nervioso y reaccionó con muy poca gentileza.
- Bueno, bueno. ¡Ya está! ¿Cuántos años tengo?
- Mmmmm... Yo diría que... 36.
Carlitos quedó azorado. Sin habla. Boquiabierto.
- ¡Síiii! ¿Cómo hizo?
Y yo le dije:
- Muy fácil: escuché cuando se lo decías a Patricia.
Hace unos años vino a trabajar al asilo un enfermero nuevo al que le decíamos Carlitos. Obvio que porque se llamaba Carlos. Lindo pendejo. Hermoso diría... Es más: MUY HERMOSO. No vale la pena una descripción. Nada de lo que pudiera decir de su belleza le haría justicia. Imagínenlo: todo muy bien puesto en su lugar, como griego de estatua.
Al principio, todo bien. El tipo llegaba y hacía su trabajo. Nos preparaba la medicación, nos tomaba la presión, nos charlaba boludeces, les cambiaba los pañales a los viejitos más achacados (¡y cómo me hubiera gustado usar pañales en esa época!) y le daba la intramuscular a doña Paca (que a pesar de sus ochenta, de la osteoporosis y la hemiplejia, se defendía como gato panza arriba cuando le querían pinchar el culo). Cada dos por tres, tenía que levantar a don Anselmo que (como recordarán) suele irse de trompa al suelo por andar a los pedos con su silla de ruedas (y aclaro que, en Argentina, "andar a los pedos" significa andar muy rápido, nada que ver con las flatulencias del pobre Anselmo que, por cierto, son verdaderamente inaguantables). En fin, Carlitos hacía su laburo.
Pero un buen día, llegó con la noticia de que al día siguiente cumplía años. Estábamos casi todos en el salón de la tele, matando el tiempo (asesinándolo sin remordimientos, diría yo) con el programa de Tinelli.
Gran-revuelo-gran entre las ancianas cacatúas, que no por seniles son menos calentonas.
En ese momento se interrumpió la paz de mis intestinos y ¡que me lleve el diablo si eso es algo que me suceda a menudo! Así que, munido de mi bastón con mango de carey, me fui al baño lo más rápido que me daban las piernas, jubiloso por el feliz acontecimiento.
Pero estábamos en que Carlitos había anunciado que cumplía años.
- Dichoso de usté que todavía cumple -le envidió doña Leonor, como si la sola negación lograra que el tiempo se detuviera.
- No se crea. -le respondió Carlitos con coquetería- Ya no me cuezo en el primer hervor.
- Ay. No diga eso -le retrucó una embelezada doña Lucía, mientras se enrollaba en el dedo la lana que colgaba de la manta que (cual Penélope posmoderna) aun hoy no ha terminado de tejer.
Doña Clara (que hablaba poco pero siempre iba al grano, la pobre, y se nos fue al otoño siguiente... a un asilo del estado porque, cuando murió su hijo, le firmó un poder al nieto para que le cobrara la pensión y el muy turro no volvió a dar señales de vida)... Doña Clara (decía) la hizo corta:
- ¿Y cuántos años cumple?
Entonces, como si a la vida la guionara el autor de algún culebrón portorriqueño, se escuchó la fatal pelotudez: "¿Y usté cuántos me da?".
¡Para qué! ¡Las jovatas se pusieron como locas! Todas queriendo adivinar la edad de Carlitos. Que 30, que 28, que 25... Cada una se afanaba por hacerlo cada vez más joven.
- No, no -decía Carlitos moviendo el dedito índice e inclinando la cabecita como jugando, hasta que al fin confesó: "Acá como me ven, cumplo 36".
Los "oh", los "ah" y los "uy" en medio de risitas nerviosas y suspiros fueron el coro de las calandrias disfónicas que le sonreían al joven como si sus bocas desdentadas conservaran todavía algo de sensualidad.
Empachado por la admiración de las veteranas, Carlitos les regaló una caricia a cada una (total, los pañales no los pagaba él) y se fue a continuar con sus labores.
En uno de los pasillos se encontró con don Anselmo (que como buen hincha de Huracán jamás vería un programa conducido por un hincha de San Lorenzo) y también le contó lo de su cumpleaños. El viejo le dio 29 y Carlitos le repitió la escena del "No, no. Cumplo 36", con dedito incluído. Minutos después, lo hizo otra vez en la cocina, esa vez frente a Patricia, una de las mucamas, que le apostó al 31. Y otra vez: "No, no. Mañana cumplo 36".
Mi paso por el baño había sido un verdadero triunfo. Se ve que los cereales que me había regalado el Huije estaban surtiendo efecto. Fue ahí cuando me lo encontré... ¡NO!... ¡mientras cagaba no!... ¡me lleve el diablo por la falta de glamour!... Me lo topé a la salida de la cocina (después de).
- ¿Y Arturito? ¿Qué me va a regalar mañana?
Mi cara de nada lo dijo todo.
- Mañana es mi cumple. A que no sabe cuántos cumplo...
No dije nada.
Busqué en los bolsillos de mi guayabera floreada y me calcé los lentes de ver de cerca. Lo miré y lo miré, rozando casi su pellejo con mi nariz (una muy grata experiencia por cierto) y el di mi conclusión:
- Yo ya estoy muy viejo, m'hijito, y no veo ni con anteojos. Pero tengo un método infalible para averiguar la edad de los hombres. ¡Abrite la bragueta!
Se ve que el tono imperativo de mi voz lo tomó por sorpresa y no supo cómo reaccionar. Lo pillé desprevenido y luego de unos instantes sólo pudo negar con la cabeza, entre risueño y asustado.
- ¡Dale, dale! -lo apuré- No me vengas con vergüenzas. Abrite la bragueta y yo te digo cuántos años tenés.
Y así fue como, increíblemente, creo que sin darse cuenta de lo que hacía, me hizo caso.
Tenía un calzoncillo blanco. Justo como me gustan a mí, que me gustan los calzoncillos blancos (y los negros y los verdes y los colorados y los amarillos... sobre todo si están rellenos con su dueño, je je). Se lo bajé un poquito y le metí mano. Todavía hoy lo recuerdo y se me eriza la piel (sí, es la única respuesta sexual que me va quedando...). La cosa duró apenas unos gloriosos segundos, hasta que Carlitos se puso por demás nervioso y reaccionó con muy poca gentileza.
- Bueno, bueno. ¡Ya está! ¿Cuántos años tengo?
- Mmmmm... Yo diría que... 36.
Carlitos quedó azorado. Sin habla. Boquiabierto.
- ¡Síiii! ¿Cómo hizo?
Y yo le dije:
- Muy fácil: escuché cuando se lo decías a Patricia.
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